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Diarios del Tercero

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Diarios del Tercero

Mensaje por Rafael Guillen el Miér Mar 04, 2015 12:34 am

Diarios del Tercero

Siempre me preguntan sobre él, sobre la última imagen que guardo de él, pero sólo tengo memorias vagas. Sé que lo amé, tanto como la amé a ella. Éramos tres, aunque los presagios dictaban que seríamos cuatro, como los hijos de Ometéotl.  Nos convertimos en amigos, pero no fue por mí, porque yo nunca busqué su amistad. Yo sólo cumplía órdenes.

Esas las recuerdo bien: vigílalo. En aquel entonces era un muchacho, jovencísimo, de ojos claros, transparentes como el maná. Yo estaba rozando los cuarenta. Ella era una mujer madura de cabello negro y sonrisa perenne. Nunca dejaba manchar su ánimo, aún en las circunstancias más difíciles. En eso éramos completamente diferentes. Ella era bella y simpática, más allá de la situación. Yo tenía que mantener la mueca severa y tomar las decisiones difíciles.

Cuando lo conocí, acababa de salir de mi retiro. Acababa de llegar a la ciudad, tras  meses de meditación y estudio. El Maestro lo señaló: “Él, que se hace llamar Huehuecóyotl, cuídalo.” Yo lo supe. Me habían dicho de antemano que, aunque joven, era un prodigio y que los Misterios se postraban ante él como fieles mozos. Él, a pesar de las palabras del Maestro, sin perder el modo, me saludó mirándome a fijamente con sus ojos celestes, penetrantes y creí por un momento atisbar el mito que siempre repetí con escepticismo: ahí frente a mí, estaba el Hieromagus, estrechando mi pequeña y fría mano.

Yo, en aquél entonces, tendría unos 39 muy mal disimulados y había pasado por muchas dificultades. Había tenido un esposo que se tomó mal el tema de nuestro divorcio. Nunca me llenó del todo ser una ama de casa devota. Un día me fui. Le dije a mi madre que ya no podía más, le dejé a mis dos niños: Amanda de cuatro y a Jonás de seis y me fui a Real de Catorce. Dentro de mi bolsa de mano cometí el error de llevar mi teléfono móvil que estuvo sonando todo el camino con las llamadas de mi esposo, hasta que se le terminó la batería.

Yo lo amaba profundamente, tanto como amé a Jonás y Amanda, pero siempre existió dentro de mí algo, grande y profundo, que nunca comprendí. En ese viaje lo supe. Llegué al pueblo y no tenía un centavo. Sólo llevaba conmigo la ropa que traía puesta y mis presentimientos. Atravesé el túnel Ogarrio entre la oscuridad de la medianoche y las luces de los autos que nunca dejaron que perdiera el camino. Llegué exhausta a la plazoleta de iglesia del pueblo. Ahí dormí tres noches seguidas, sufriendo el frío desértico y el hambre. La banca que en la que me acosté fue el único resguardo de mi alma.

Por alguna razón tenía miedo. Sabía que detrás de las gruesas puertas de madera había algo que me esperaba. Pensé en regresar a mi hogar, a la seguridad que me proveían mis hijos y mi rutina, pero no lo hice en ese momento. Después de unos días regresé a Monterrey totalmente cambiada. Tenía en la cabeza, como si fuera un sueño vívido, la cara de cerámica de San Franciso de Asís que me había hablado apenas había entrado en la capilla de la Iglesia.

Cuando volví le dije a mi esposo que teníamos que separarnos porque no podía vivir más con la Mentira. Me preguntó si le había sido desleal. Le contesté que no había forma de decirle la Verdad, no había manera de que entendiera la manera en que lo traicionaba y le cedí la custodia de los niños. Lloré años, hasta que el recuerdo de Amanda y Jonás se volvieron un nudo en la garganta y luego una penitencia.

Lo recuerdo bien. Huehuecóyotl tenía cara de niño: la mirada clara, pero la expresión fatigada de un anciano. Lo compadecí profundamente. Yo estaba a punto de cumplir los cuarenta y acababa de salir de un retiro en el que esperaba purgar mi culpa. Qué equivocada estaba.

Huehuecóyotl me contó que se había escapado de su casa. Apenas iba a cumplir los diecinueve y tenía esperanzas de que alguien comprendiera sus inquietudes. Me senté con él y durante dos días seguidos, sentados sobre unos cojines en el piso de mi propio Demesne que le abrí como mi corazón, me contó sus planes y sus sueños. Mientras me relataba con pasión juvenil sus investigaciones, pensé en que esta misión se iba a ir al carajo.

Siempre he sido una mujer de fe. Fue la fe la que me llevó a la Atalaya y también la que me llevaría a mi fin. Había cumplido las misiones superando todas las expectativas, guiada por mi ansia de contemplar entre la ceguera, por mi deseo ingenuo de ser una antorcha entre la oscuridad. ¿Qué iba a ser de mí, si repentinamente me daba cuenta que yo no era la fuente de luz, sino la oscuridad? Si repentinamente me daba cuenta que yo no era el cirio divino, sino la tiniebla.

Lo cuidé. Claro que lo cuidé. Vigilé cada uno de sus pasos e hice lo mejor para guiarlo cuando creí que iba a dar un paso en falso. Pero siempre con reservas. No quería desviar o manchar su camino con mi ignorancia, alejarlo de lo Alto.

Ella, Mictlantecíhuatl, se volvió mi confidente. La conocí por casualidad, en una junta convocada por el Concilio. Era alta, muy hermosa y se reía de todo. Era de esas personas para las que la vida es ligera, como una broma. Conocí también a su esposo. Él era un hombre sobrio, más bien parco, que hablaba con monosílabos o con escarnio. Él era una de las figuras más sobresalientes del Mysterium y aunque no respetaba a nadie, a ella la trataba con la mayor de las delicadezas.

Una vez Huehuecóyotl le preguntó por qué estaba con un hombre tan viejo. Mictlantecíhutl se río y le explicó, como si fuera un niño, que su esposo era diez años menor que ella. Se habían conocido en la facultad, aunque se veían seguido en el Ateneum. Ella estaba empezando a dar clases y él era su peor alumno. Le envió pequeños obsequios a su oficina durante seis años, aún después de que se había graduado. Él le había dicho que se sentía vivo desde que la había encontrado y que, aún después de morir, jamás iba a dejar de amarla.

Yo pienso lo mismo que él. ¿Cómo dejar de querer a alguien como ella? No creo que sea posible. Cuando hicimos el juramento de Cábala, ella escogió nuestros nuevos nombres: “Los hijos de Ometéotl, ¿qué tal? Tú puedes ser Quetzalcóatl” me dijo, sonriente, como siempre. “Tu nimbus es brillante. Creo que representa muy bien al Tezcatlipoca blanco: la luz, la justicia y el viento. Yo puedo ser el Tezcatlipoca rojo, que representa la riqueza y la primavera…”

Escrito por Katia Jasso
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Re: Diarios del Tercero

Mensaje por Alfredo Garcia el Miér Mar 04, 2015 12:32 pm

OOC / Nice reading!

Mmh. Entonces, de acuerdo al mito de los 4 hijos de Ometéotl, dios de la dualidad, podríamos especular que...

1) Originalmente la Cábala estaba conformada en sus inicios por solo 3: la Madre, y los esposos del Mictlan.
2) Huehuecóyotl simbólicamente puede llenar esta 4ta. posición.
3) Así mismo, 4 son las Cabalas Pilares (TdS, OAK, LHI, SMTK), 4 los Hijos de Ometéotl...

Mictlantecíhuatl / ? / Mysterium / T.Rojo / Xipetótec / Rige el Este
Mictlantecuhtli / Thyrsus / Mysterium / T.Azul / Huitzilopochtli? / Rige el Sur
El Tercero / Obrimos / Mysterium / T.Blanco / Quetzalcoatl / Rige el Oeste
Huehuecóyotl / ? / ? / T.Negro / Tezcatlipoca? / Rige el Norte (tierras del Mictlan, de los muertos)


Detalle OCD, así las direcciones estan balanceadas entre los géneros de la Cábala.

Y creaciones de estos cuatro son... curiosamente, Mictlantecuhtli y Mictlantecíhuatl...


Última edición por Alfredo Garcia el Miér Mar 04, 2015 4:45 pm, editado 1 vez
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Re: Diarios del Tercero

Mensaje por Rafael Guillen el Miér Mar 04, 2015 3:47 pm

Cuando te refieres a la Madre me imagino que hablas del Tercero? Porque si es así, mi propio OCD hace que me tiemble un ojo cuando lo pones en el 4to espacio. LOL
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Re: Diarios del Tercero

Mensaje por Alfredo Garcia el Miér Mar 04, 2015 4:44 pm

Jajajaja, pronta corrección tendrá lugar. Supongo que mucho tiene que ver el que es la primera vez que yo Jugador he visto algo de El Tercero (¿Es correcta la suposición de que es una mujer en base a que tuvo un esposo e hijos, etc.?).
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Re: Diarios del Tercero

Mensaje por Rafael Guillen el Miér Mar 04, 2015 4:58 pm

Es correcto que el Tercero es una mujer (o mas bien alguna vez lo fue), varios personajes interactuaron con ella durante los Cinco días de oscuridad. 

Verás actualmente el Tercero es un fantasma, aunque un poco mas lucido que otros que andan por ahí. O al menos era mas lucido hasta que algunos jugadores destruyeron una de sus anclas mas importantes.

Algunos magos saben donde encontrarla pero no es dominio publico esa información. También alguien por ahí debe tener su Grimorio (tal vez es otra ancla?).

Algunos rumores dicen que fue miembro del Concilio en las Sombras. Otros rumores dicen que aun lo es.

Puedes preguntar a otros jugadores para saber mas.
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Re: Diarios del Tercero

Mensaje por KATIA JASSO el Miér Mar 04, 2015 8:48 pm

Mictlantecuhtli era Moros. :DD
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