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Mensaje por Fernando Cantú el Lun Mar 02, 2015 10:12 pm


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Trasfondo de Francesco Volta




Su primer recuerdo de Monterrey son las luces de unas pocas casas, engullidas por la negrura del valle.
Cuando las contempla ahora, épocas más tarde, se han vuelto un mar de rojo y ámbar, igualmente incapaz de alejar a la oscuridad.

¿Cómo pueden tantas imágenes vivir en una sola mente? No lo sabe. Tal vez por eso la tibieza y el voluptuoso sabor de la sangre en sus labios y alrededor de su lengua, la emoción de perseguir la carne blanda de su siguiente presa, las garras y dientes hundiéndose en la piel para hacer brotar el dulce sustento son todo lo que recuerda de tantas décadas y siglos de existir.

En esta cumbre, con la noche y el viento golpeándole el pecho y rodeando sus miembros, siempre se siente acompañado, lejos de un mundo que hace mucho de desentendió de él.
Las piedras son diferentes a las de ese monte en Venecia, en el que la cabeza de Sara Valerio se partió en pedazos al despeñarse. A las faldas no puede ver sus cabellos convertidos en una maraña de sangre y polvo, ni ese cuerpo, al cual se había entregado como al de una diosa, roto y devorado por un animal que no era otro que la tierra.
Imagina hoy todavía los miembros hermosos de su Sara precipitándose al vacío con un suspiro, y su propia vida extinguiéndose con él. Aún lo atormenta el horror de las lágrimas que nunca pudo llorar, y lo patético de su llanto mientras se aferraba a la carne y a los huesos expuestos de Sara y le lamía las heridas como un perro, incapaz de detenerse porque tenía hambre.

Cada que sube hasta aquí sabe con precisión cómo se sintió tener las manos sobre el cuello de su propio hermano, y siente la fuerza con la que apretó hasta asegurarse que el último aliento de vida abandonaba el cuerpo del hombre que había profanado a la niña con la que había construido el Paraíso en la Tierra; a esa que fue el objeto de todo su amor y a quien, a diferencia de aquel otro, nunca pudo llamar su esposa.
Recuerda los ojos llenos de terror de Domenico implorando piedad. El rictus que tensó sus labios, y la dulce satisfacción del fratricidio, incomparable a la lujuria que le produce cualquier otra muerte. Se lamentaba no haber tenido más hermanos para estremecerse y saberse liberado al ver morir su propio rostro.

Desde entonces, tomar las cosas que quería de otros se había convertido para él en un acto completamente hueco, y dedicarse a lo que sus padres habían decidido cuando lo enviaron a España, mientras su hermano administraba la hacienda, le resultó lo más natural.
Por eso fue que, luego de que Mirella dejó de llorar la muerte de sus dos hermanos, él dejó la herencia y la casa en sus manos.

“Con Domenico y Sara murió Francesco”, explicó la hija menor de la familia a los ávidos acreedores que vinieron después.



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Fernando Cantú
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